6 de mayo de 2021 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Ted N.C. Wilson, President de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día

¡Saludos amigos! ¡Hoy tengo una historia increíble para compartir con ustedes! Se trata de un pequeño grupo de jóvenes que escucharon al llamado de Dios, de ir y alcanzar a otros que vivían en una zona muy difícil y peligrosa. A pesar de los riesgos, estos preciosos jóvenes pusieron su confianza en el Señor y respondieron: «¡Yo Iré!»

Pero antes de ir adelante dedicaron mucho tiempo a la oración, suplicando a Dios que los guiara. Creo que se sorprenderán e inspirarán con lo que sucedió a continuación.

Esta historia nos la compartió el pastor Geoffrey Mbwana, uno de nuestros vicepresidentes generales aquí en la Asociación General.

A lo largo de la costa del Océano Índico, de Tanzania se encuentra una ciudad de más de 8,000 habitantes. La ciudad es predominantemente de fe no Cristiana y más del 99 por ciento de sus habitantes pertenecen a esa fe. Se sabe que es una ciudad muy supersticiosa, lo que hace que mucha gente tema a la ciudad y a su gente.

A través de los años hubo varios intentos para presentar a la gente del pueblo los mensajes de los tres ángeles, pero no hubo ningún éxito. No obstante, en el año 2000, un grupo de jóvenes de las iglesias en una ciudad cercana se atrevieron a realizar una serie de evangelismo en esta localidad. Con una preparación modesta se fueron al pueblo y alquilaron un lugar para quedarse. Sabiendo que la obra que tenían ante ellos era delicada y arriesgada, decidieron pasar dos semanas en ferviente oración, suplicando la intervención de Dios para la salvación de los habitantes del lugar.

Sorprendentemente, unos días después recibieron permiso del gobierno de la ciudad para celebrar reuniones religiosas. Entonces se hizo público que los jóvenes adventistas estarían reuniéndose.

Los jóvenes continuaron orando fervientemente, eligiendo tener sus momentos especiales de oración temprano en la mañana junto a la orilla del mar, antes de que la gente del pueblo se despertara. Los jóvenes adventistas se reunían fielmente junto al mar cada mañana antes del amanecer, clamando al Señor, pidiendo por la gente del pueblo y por las reuniones. Una mañana, sin que ellos lo supieran, los ancianos de la ciudad enviaron a algunos jóvenes para que mataran a los jóvenes adventistas antes de que iniciaran con sus reuniones. Se habían enterado de que estos jóvenes adventistas comenzaban el día con oraciones junto al mar a las 5:00 de la mañana y decidieron que ese sería el mejor lugar y el mejor momento para matarlos.

Así que, una mañana, se aproximaron a la orilla y encontraron a los jóvenes adventistas arrodillados en ferviente oración junto al mar. Mientras se acercaban, listos para terminar con sus vidas, los atacantes vieron un muro de fuego que rodeaba a los jóvenes adventistas. Se sorprendieron y no se atrevieron a atacar, así que huyeron.

Los jóvenes adventistas continuaron con sus planes e iniciaron las reuniones. Pero los ancianos de la ciudad estaban decididos a detenerlos, y ahora enviaron a sus muchachos a robar equipos y muebles que se usaban para la reunión en un área abierta, sin embargo, la noche cuando se acercaron al lugar donde se guardaba el equipo, vieron a un hombre muy alto vestido con una bata blanca, sosteniendo una espada reluciente y caminando alrededor del equipo, y nuevamente fallaron en ejecutar su malvado plan.

Finalmente, los ancianos de la ciudad dijeron a sus jóvenes: «¡Ustedes son cobardes y no saben cómo hacer estas cosas! ¡Tomaremos el asunto en nuestras manos y destruiremos a estos jóvenes adventistas!»

Poco después, mientras las reuniones se llevaban a cabo en el área abierta, dos ancianos vestidos con sus atuendos tradicionales caminaron entre la multitud, dirigiéndose hacia el frente donde uno de los jóvenes adventistas estaba predicando.

Pero antes de llegar al frente, los ancianos del pueblo empezaron a correr y saltar, gritando: “¡Nos estamos quemando! ¡Estamos ardiendo!” Se aproximaron hacia el predicador, pero pronto corrían detrás de él. Curiosamente, aunque nadie vio ninguna llama, los intrusos actuaron como si estuvieran en llamas. Más tarde, estos mismos líderes explicaron cómo querían atacar al predicador, pero vieron un muro de fuego a su alrededor.

Después de esto, los jóvenes del pueblo se acercaron a los jóvenes adventistas, preguntándoles sobre los poderes supersticiosos que estaban usando para protegerse contra los ataques. Los jóvenes adventistas les respondieron que ellos no creían en la superstición y que no querían tener nada que ver con esos asuntos. Luego preguntaron a los jóvenes por qué pensaban que estaban usando algún tipo de magia como protección, ¡y los jóvenes del pueblo les explicaron lo que habían visto cuando intentaron destruirlos!

Los adventistas explicaron con alegría que ellos servían al Dios vivo del cielo y que tenían la protección de ángeles divinos enviados por Dios. El asunto se convirtió en una gran historia en toda esa ciudad y pueblos circundantes, y al final muchas personas se bautizaron. Cuando la noticia de estos milagros se extendió a las áreas vecinas, llegó un periodista y reportó la historia en un periódico nacional.       

Aunque trabajar en esta área sigue siendo un desafío, ahora hay tres iglesias organizadas en esa ciudad, con una membresía total de casi 200 personas. Varios de estos jóvenes se convirtieron en poderosos evangelistas laicos y dos de ellos se convirtieron en pastores.

¿Saben amigos?, se nos dice que el Señor es, en verdad, como un muro de fuego.

En el libro, Consejos para la Iglesia, leemos: “Dios acepta al hombre humilde que sigue de cerca en los pasos del Maestro. Los ángeles son atraídos a él, y a ellos les agrada detenerse a lo largo de su senda. Pueden ser pasados por alto como indignos de que se les dedique atención por aquellos que pretenden haber logrado exaltadas conquistas, y que se deleitan en hacer prominentes sus buenas obras; pero los ángeles celestiales se inclinan con amor sobre ellos y son como muro de fuego que los circunda. {CPI 92.2}”

Y en el libro Mente, Carácter y Personalidad, Elena de White nos comparte esta hermosa declaración: “Debemos tratar de apartarnos del pecado, reposando en los méritos de la sangre de Cristo; y entonces, en el día de la aflicción, cuando el enemigo nos oprima, caminaremos entre los ángeles. Serán como muro de fuego alrededor de nosotros; y un día caminaremos con ellos en la ciudad de Dios. {MSV 98.1}

Que nosotros, al igual como hicieron esos queridos jóvenes junto al mar, confiemos plenamente en el Señor y estemos dispuestos a decir: «Yo Iré» dondequiera que Él me lleve.

Oremos.

Padre celestial, gracias por enviar ángeles para rodear a esos jóvenes, por abrir el camino para la proclamación de tu mensaje a ese pueblo. Señor, gracias por los jóvenes que están dispuestos a hacer lo que parece imposible para muchos otros, porque pasaron tanto tiempo en oración ganando fuerzas de ti.

Ayúdanos a aprender esa lección nosotros mismos y Señor, ayúdanos a marchar hacia adelante con confianza, sabiendo que si nos ponemos en tus manos, serás como un muro de fuego a nuestro alrededor. Gracias, Señor, por escucharnos y por la promesa de tu pronto retorno. Te pedimos todo esto en el nombre de Jesús. Amén.

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